Zen o Fobia
Un blog de Daniel Zen

Oct
22

(Presentación de un recorrido relámpago por la literatura española, con duración de 20 horas, diseñado para alumnado  de bachillerato).

¿Por qué invertir tiempo en el estudio de la Literatura? El tiempo es oro. ¿Qué no estamos acaso en pleno Siglo XXI, era de la productividad y  progreso? ¿O no será que en realidad nos debatimos en la era de la explotación y el retroceso? Presenciamos el imperio de la técnica sí: al servicio de la industria y el consumo; la técnica humillada ante la industria que vomita incesantemente unos objetos cuya obsolescencia ha sido perversamente planificada, unos objetos cuya superproducción y consumo, en vez de enriquecer la vida humana, están destinados a subyugarla y empobrecerla. Así las cosas, resulta que hay libros que son objetos singulares, puesto que constituyen, como decía Borges, una extensión de la mente. Si esto fuera así, para la calidad de prótesis que encarnan, todavía nos saldrían baratos.  Resulta también que hay libros que no caducan, sino que con el tiempo se engrandecen y se reactualizan. Son unos objetos muy convenientes de los cuáles rodearse; no falta el loco que les apuesta más que a los robots domésticos más avanzados. En sus sucesivos formatos -pergaminos, libros empastados, libros electrónicos- prueban su calidad de tecnología netamente inteligente, ya que en vez de ahorrarnos esfuerzos para que podamos arrullar nuestras funciones sensoriales y cognitivas en el puff de la pereza, nos animan a extremar nuestras alertas, a predecir, a sacar inferencias, a replantearnos las leyes por las cuáles nos explicábamos el mundo y a nosotros mismos. Entre esta índole de libros se puede contar a los que versan sobre ciencia,  arte, estudios sociales,  filosofía, psicología…  y faltaba más, esa pandilla de escritos raros, que juegan con el lenguaje, las anécdotas y los personajes, y los presentan para su disfrute envueltos como suculentas golosinas -no pocas veces envenenadas- en unas estructuras conocidas actualmente como literarias. La intensidad que se puede extraer de ellas no sólo transubstancia el tiempo, sino que nos precipita a estados críticos la química de la existencia. No se puede esperar otra cosa luego de haber visto el mundo detrás de otras córneas ni de haber besado a unos seres que nos exceden con unos labios que no son los nuestros. La literatura es el espectáculo no de la reproducción, sino de la gestación del mundo a través de las operaciones demiúrgicas del cerebro humano.

Ahora bien, ¿por qué estudiar en México, en pleno siglo XXI, Literatura española? ¿Es que se trata de seguir promoviendo el colonialismo cultural? ¿Qué interés puede tener para nosotros la historia de las ideas y de las artes en un país que no es el nuestro, que vino a destruir nuestra cultura? Me cuesta mucho trabajo contener la risa ante este tipo de preguntas, siempre formuladas en castellano por una persona vestida a la moda occidental y con un teléfono celular en la bolsa. Ensayemos alguna respuesta:

No ha sido escaso ni intrascendente el legado cultural que los reinos agrupados en la Península Ibérica -donde la influencia mayor ha sido de Castilla, pero donde no pueden soslayarse las aportaciones de los otros Reinos Peninsulares- han arrojado sobre los países latinoamericanos que algún día fueron sus colonias. Si nos vamos un poco más atrás de esta Conquista que en lo más hondo nos concierne de este lado del Atlántico, tan atrás como el año 218 a.C., cuando los romanos desembarcaron en Ampurias, entenderemos que la Península Ibérica vio a su vez a una enorme cantidad de sus pueblos nómadas perder sus lenguas y costumbres ante el largo brazo de Roma, que la transformó en Hispania.  Más por las malas que por las buenas, estas personas tuvieron que zamparse el latín y el arte de trazar caminos.  Fue así que sobrevino una suerte de unificación forzada y hasta que esta plataforma política estuvo firme se hicieron posibles en Hispania  la transmisión de las artes imperiales y las altas disciplinas del pensamiento que se venían desarrollando desde los gimnasios de la Grecia Clásica. Muchos siglos después, Roma caerá y van a afirmarse los Reinos Hispanos. Castilla ganará preeminencia, caerá durante ocho siglos bajo el dominio árabe, bajo el que se enriquecerá, y tras sacudírselo de encima y declarar una unificación territorial y religiosa muy arbitraria,  buscará nuevas rutas de comercio, cruzará la mar, se encontrará con nuestro continente y aprovechando las fricciones intestinas y el atraso tecnológico de la población nativa, convertirá vastas porciones de esta fértil tierra en sus colonias principales.

De ahí la importancia para nosotros, los mexicanos contemporáneos, como pueblo mestizo hipnotizado ante el embrujo de la identidad norteamericanizante y globalizada , de estudiar con el mismo ahínco que nuestra herencia indígena, las manifestaciones culturales españolas, fecundísimo patrimonio cultural que para bien o para mal subyace en nuestro hemisferio étnico gestado al otro lado del Atlántico.

El presente curso pretende acercar a las y los estudiantes al conocimiento de la literatura española en algunas de sus manifestaciones, tocando autoras y autores tradicionalmente promovidos desde las más rancias Academias; pero aquí se ha hecho espacio también para algunas autoras de enorme valía, aunque rara vez consideradas en antologías de letras españolas.

Unas palabras sobre el enfoque tópico y metodológico del presente curso. Una obra literaria es como una ciudadela gigantesca: si los lectores la enfocamos con el ojo del explorador intrépido, encontraremos más de un punto de abordaje; pero al final deberemos decidirnos por uno. Una vez que hayamos ingresado y apreciado lo que hay dentro, regresaremos y, si somos generosos, invitaremos a otras y a otros para que entren por el punto que a nosotros nos franqueó la entrada, vean lo que nosotros vimos y, si son curiosos, atisben más allá y regresen con sus propios tesoros. Ahora pensemos no en un libro, no en una ciudadela; abarquemos con la imaginación una península que se extiende a lo largo de 504, 645 kilómetros cuadrados.  A través de esta alegoría intento explicar por qué  han pasado de moda los arrogantes “abordajes totales”. Así, dado que la balanza de los estudios literarios ha estado inclinada durante muchos siglos hacia la perspectiva de los varones, esta vez se hará hincapié en lo femenino, tanto en el plano de la representación como en el de la creación, toda vez que mediante  el estudio de la construcción de una identidad genérica, puede arrojarse luz sobre la otra (o sobre las otras). El lapso histórico estudiado transita desde la Baja Edad Media, con el Cantar del Mío Cid,  hasta principios del Siglo XX, con un repertorio de tempranas autoras  hoy consideradas feministas.

Sirva el presente curso como fuente no sólo de aprendizaje, sino sobre todo de placer, reflexión y asombro.

Daniel Carpinteyro, 2014

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Jul
27

Daniel Carpinteyro

 

¿Cuánta pasta quedará al fondo del tubo?
Mi cepillo trae las cerdas despeinadas.
Junto a él espera otro,
más entero,
a unos dientes que ya nunca se apersonan.
La verdad es que por él me alegro
-no está solo-
y a la vez lo compadezco.

Luego está la cantinela de las cosas serias;
movedizas quemazones me preceden y me esperan
en el tránsito a mi título definitivo:
limosnero sin la gracia moridora
del faquir,
del renunciante krishna.

Hay quien dice que me corto mal los versos:
denme tibia la navaja y platicamos.
Tanto oprobio por no haber leído
lo de Huerta Junior sobre la octavilla real.

Hay un cráter en la puerta de mi sanitario,
un montón de encendedores consumidos
bajo el rostro
derretido madrugada a madrugada,
robo hormiga de contornos y tensiones
en el charco del espejo,
frito el foco
entre sermones a mi nombre
y una que otra invocación
a Slenderman.

Anda un trío de sombras sueltas
en la hora de los lobos
montan sus orgías ferales
y en mi boca se destila
hiel de bestias.

No fumaré un cigarro menos.
No cohabitaré.
Tanta aguja que hay aquí
para encarnarse.

Jul
25

Daniel Carpinteyro

 

 

No sé si excusarme por emprender con la meditación de mi ruinosa vida académica un escrito que se debe ceñir al asunto de los psicoestimulantes. ¿A quién le importa? ¡Queremos emociones fuertes! ¡Las queremos ya!  Sin embargo, cuando se revisan los documentos que Cocteau o Artaud redactaron desde sus respectivas  clínicas, o bien se estudian las memorias de Thomas de Quincey, puede apreciarse que el compromiso serio y duradero con un psicoestimulante tiende a ir precedido por un historial en que ciertos flagelos e insatisfacciones nos sensibilizan ante los ganchos de sus artificiales recompensas.

 

Siempre me he reconocido como un estudiante indolente. A nadie más que a mí culpo ya de este vergonzoso estigma. Si trajera a colación las omisiones en que otros incurrieron durante mi crianza, tales como la ausencia de unos correctivos consistentes en la formación temprana de mis hábitos escolares, se me contestaría que no ha nacido todavía el criador perfecto, o que alguna niña somalí malnutrida y abusada se doctoró ayer en el MIT, o que algún muchacho desahuciado de Asperger acaba de fundar una nueva ciencia. Así que no me defenderé del veredicto sumario: Mea máxima culpa, me confieso un estudiante destemplado, que desprecia las mañanas y la vida activa y que por el contrario, cultiva en la molicie el morbo contemplativo. Lástima que se haya vuelto tan corriente aderezar testimonios de esta ralea con alusiones al spleen, al welterschmerz y la acedia. ¡Hace medio siglo habrían rematado el párrafo con tanta elegancia!

 

Para cuando cumplí quince años, había quedado claro que el psicoanálisis de pacotilla asequible para la clase media no mejoraría mi vida académica en mayor medida que los cuerazos o el embargo de cassetes de música y revistas pornográficas. Así que se optó por la psiquiatría. Se me condujo al consultorio de un psiquiatra optimista, quien sin necesidad de electroencefalogramas ni radiografías me diagnosticó hiperquinesia –a mí, todo sopor e inmovilidad- y también… ¿Cómo se llama esa supuesta condición que empieza, desde las últimas declaraciones de su descubridor, León Eisenberg, a revolcarse en el descrédito científico, ya colindante con la teoría de los humores en el mausoleo de las investigaciones médicas? ¡Ah, claro! Déficit de atención. Una entrevista le bastó para diagnosticarme hiperquinesia y déficit de atención. La panacea que me prescribió  -igual que a casi todos los que pisaban aquel consultorio- se llamaba Metilfenidato, Príncipe y Delfín Mefistofélico de la Dinastía Piperidina. ¿Falta de concentración durante el estudio? ¿Dificultad para internarse en dilatados túneles de abstracción? ¿Trastabillado ante las mujeres, conciencia del demérito social en la escala de una escuela privada, vergüenza de los excesos de las glándulas sebáceas en el rostro?   Participa, hijo, de la eucaristía del Metilfenidato. Toda tribulación regresará a las sombras y serás, al fin, libre. La dosis inicial fue de cinco miligramos con el desayuno. En nombre sea de Dios, se encomendó mi madre. Una semana así, y entonces cinco por la tarde, para la tarea, de preferencia antes de las cuatro para no interferir con el descanso nocturno. Diez por la mañana y cinco por la tarde. A la cuarta semana consolidamos en los diez y diez. Roché le da la más cordial bienvenida a bordo. Suplicamos enderezar su asiento y abrochar su cinturón de seguridad. En unos minutos estaremos despegando con destino al resto de su vida. Note por favor el acrecentamiento en los indicadores de norepinefrina y dopamina. Es así como se siente estar en posesión de un cerebro normal.

 

Hubo aquí una dolorosa epifanía. Necesitaría un estimulante por quién sabe cuanto tiempo para mantener un cerebro normal. El psiquiatra optimista recomendó que no lo enfocara de esa forma. Mírame, muchacho, yo necesito lentes para ver bien. ¿Te atreverías a señalarme como un discapacitado por el hecho de valerme de ellos? Lo que no supe responderle a ese psiquiatra era que una tara neurológica me parecía mucho más denigrante que una simplemente física. Correcciones políticas aparte, no creo ser la única persona a quien las taras le parezcan desdichadas. Por otro lado, mi normalidad metilfenidatina difería bastante de una normalidad convencional. La boca se me resecaba, mi apetito se inhibía y de vez en cuando llegaban las jaquecas y las náuseas. Además, carecía de la experiencia previa de pensar y comportarme como una persona normal, y lo único que terminé haciendo fue emplear mi flamante ajuste cerebral en extravagancias que ninguna relación guardaban con propósitos escolares. Es cierto que me venían ganas de aprender, pero sobre todo de supeditar mi conducta a lo que yo creía una sofisticada racionalidad. Mi atención se condensaba como fotones en un diodo láser, redoblé mi desprecio por los libros de texto, sus balances por rédox, sus dogmas cívicos ponderativos de las instituciones burguesas, sus intrincados acertijos con números imaginarios. Hoy sé que todo esto era un farragoso trámite que debía cumplir para apretujar credenciales en un portafolio que me permitieran, en un futuro, ganar plata suficiente para comprar productos Mac, automóviles, boletos de avión y cocaína un poco menos cáustica que el sucedáneo granuloso que procesan los aficionados de Tepito. Pero no lo sabía entonces, porque al Metilfenidato se le olvidó explicarme que no valía la pena complicarse con cuestionamientos teleológicos a largo plazo, puesto que si me portaba bien, el futuro confortable llegaría de alguna forma. Y como en cambio sospechaba que nada bueno me llegaría, por ningún frente y bajo ninguna forma, puesto que, escéptico de la voluntad,  aún no había entendido que es uno quien llega o no a los objetivos,  seguí reprobando materias, me corrieron de una y otra escuela y hoy en día no poseo siquiera un aparato Mac. Creo que estoy perdido. Eso sí, mi ínfimo rendimiento académico a pesar del nuevo cerebro me expuso a unos niveles de culpa que me acomplejaron al extremo de volverme un engreído intoxicado de laboratorismo conductual, que no hablaba con los demás sino para estudiarlos, para pitorrearse del fanatismo deportivo de sus compañeros, de sus malentendidos sobre la sexualidad humana, de los vicios de dicción de sus maestros. Tales eran mis consolaciones. Nunca pude sacudirme ya ese oficio de inquisidor del discurso ajeno. Me entretenía, además, en desmontar todos aquellos resortes que posibilitaban el insípido ritual de una clase de preparatoria.  El Metilfenidato propició la alerta necesaria para abismarme en los vacíos de sentido dispuestos alrededor del calvario cotidiano.

 

De alguna forma terminé mis estudios de preparatoria, me tomé un par de años sabáticos en la esquina noroeste de la frontera, en una ciudad distinguida por el payaso Krusty como la más feliz del mundo,  donde trabé amistad con una prima del Metilfenidato llamada Metanfetamina, conocida en aquellos rumbos por el popular alias de Cristal. Su preparación conlleva riesgos explosivos, y por entonces no transcurría una semana sin que un laboratorio clandestino volara en pedazos. Me perfeccioné en el arte de sopletear orificios en los focos para usarlos como pipa e incluso permití a alguna novia chutarme Cristal por la vena basílica, no demasiado lejos del estilo del Dr. Max Jacobson cuando fungió como el dealer de cabecera de John y Jackie Kennedy[1]. Fueron buenos y salvajes tiempos. Tijuana era un crisol de artistas jovencísimos sin miedo a nada.

 

Luego regresé bajo chantaje familiar a mi ciudad natal, me sobrevino una severa depresión nacida de la nostalgia de Tijuana, estudié Literatura y por ahí del séptimo semestre había desarrollado una serie de temores y rituales obsesivos que me condujeron al consultorio de una carísima  psiquiatra sudamericana, que no expedía facturas ni ocultaba el tedio que mi estampa le provocaba. Me hizo tomar Riserpidona, un antipsicótico repugnante que inhibe todo efluvio emotivo y hace de uno algo como un híbrido entre vegetal ambulante y fiambre lobotomizado. Alguna vez me dejó solo dos minutos en su consultorio, que aproveché para robarle cuatro recetas. Sabedor de mis requerimientos farmacológicos, convertí esas recetas en ocho cajas de Metilfenidato a diez miligramos y nunca volví a su consultorio. Celebré el reencuentro con mi bienamado fármaco primigenio ante la proyección de una película sobre otra apasionada de las anfetaminas, la polígrafa alemana Gisela Elsner. Hice durar casi un año mis preciosas reservas, y al principio hubo sus intensidades, aunque como en todo romance recalentado, ya nada volvió arder con el mismo fuego.

 

Me permito cerrar estas memorias con un breve excurso. Quiero reflexionar sobre el cierre del primer párrafo con el término “artificiales recompensas”, ya que, pese a mi abuso de los adjetivos –uno de esos vicios que nunca me permitirán ingresar a las grandes ligas de la prosa- , acostumbro ponderar la justeza de su conexión con sus correspondientes sustantivos. He empezado a albergar dudas sobre la supuesta artificialidad de las recompensas prodigadas por los psicoestimulantes. Sé que no voy a descubrir el hilo negro, pero si bien es cierto que las cadenas moleculares de las drogas emulan a sus contrapartes segregadas de por sí en nuestro organismo, hay que reconocer también que el conjunto de las imágenes y sensaciones propiciadas por las drogas gozan de bastante realidad, y no se limita, desde mi punto de vista, a un simple “error” de interpretación respecto a los  inputs, estímulos del mundo exterior. Esta falacia del error me parece de lo más simplista. Conozco a un vagabundo –muy sobrio, por cierto- a quien meses antes del desprendimiento de una retina, se percató de que las dos manchas flotantes que venía viendo hacía años eran moscas, así que las llamó Elisa y Eliseo, y cuando de de un día a otro las manchas se multiplicaron, dedujo que Elisa y Eliseo habían procreado, y compuso para su familia de drosófilas las odas más enternecedoras que he leído, y ahora Elisa y Eliseo forman parte de mi realidad y también de quienes lean estas líneas. La realidad del consumidor se transfigura bajo la influencia, y dependen de él –aunque no caería mal algo de educación en el consumo en vez del evangelio contra el consumo- los puentes que tienda entre su realidad transfigurada y su realidad cotidiana. Los estados alterados de conciencia inciden sobre los límites del lenguaje, ergo sobre los límites del mundo. Tan es cierto es que las realidades psicodélicas pueden materializarse a través de la representación, como que existen discos de Pink Floyd y pinturas de Alex Grey. Pero mira cómo terminó X, pero mira cómo terminó Y. Mira como terminaste tú, Daniel. El reino de la desgracia como patria exclusiva de los consumidores de las drogas que supuestamente no le gustan al Estado. El uso como sinónimo indiscriminado del abuso. La palabra “adicción” circunscrita a la acepción peyorativa que unos galenos estadounidenses mochos le acuñaron el siglo pasado.  Por supuesto que ninguna droga se erige en demiurgo ni exterminadora por sus propios medios. Tan es cierto que pueden modificar temporalmente las capacidades del organismo como que se reparten a granel entre la tropa de algunos países para que resista sin dormir y sin comer, y posibilite con estos esfuerzos sanguinarios las transformaciones de la geografía política convenientes a los respectivos poderes que, por otro lado, prohíben su consumo entre sus ciudadanos, así como la producción entre sus países subordinados. Occidente –esa falacia ontológica- sale a trabajar  trabado de cafeína y azúcar, se relaja con alcohol y cannabis, y se alivia las crudas con taurina o cocaína. El resto del mundo tiene sus recetas. Yo llegué a tener al Metilfenidato.

 

 

 

 

 

 

 

[1] Véase, si no, la página 13 de  Szas, T. (1974). Ceremonial chemistry: The ritual prosecution of drugs, addicts and pushers. Garden city, N.Y: Anchor Press, disponible para consulta en línea en Google Books.

 

Jul
25

Daniel Carpinteyro

 

Hans Magnus Enzensberger, escritor alemán cada vez más vivo con todo y que nació en 1929, acostumbra discurrir en torno a la siguiente idea: la Historia se desenvuelve nada más y nada menos que a lo largo de una crisis constante. Es casi seguro que no fue el primer iluminado en llegar a tal intuición, pero sigue pareciendo una provocación bastante incómoda a los apóstoles del “todo va a regresar a la normalidad, no corra, no empuje, no grite y mantenga la calma”.  Ni hablar, aquí estamos ante otro superviviente de esos descreídos ante el dogma del progreso humano como camino a la utopía en que la depredación, en todas sus formas, se verá “superada”, tras algunos esporádicos acomodamientos telúricos durante los cuáles un mar de sangre y hambruna inundará los continentes. Algunos relatores oficiales y economistas desmemoriados de los orígenes de su disciplina hacen lo posible por mantener esta falacia de la crisis como excepción.  Pero Enzensberger puntualiza que la crisis es ante todo una constante de la cuál depende la existencia misma del sistema capitalista, ya que facilita, además de la acumulación oligárquica del capital, el aprendizaje. Ojo: nadie está predicando que el feudalismo, el comunismo o las efímeras sociedades anarquistas no hayan experimentado aquel conjunto de vicisitudes conocido como “crisis”.  Pero, según el autor que nos ocupa,  lo que distingue al capitalismo de otros sistemas de organización es su capacidad de aprender, lo cuál explicaría su omnipresencia,  adaptabilidad y la eficiente depuración de sus procesos, cualesquiera que estos fueren.

 

Según mis pesquisas, la mayoría de los lectores latinoamericanos se han acercado a Enzensberger por El diablo de los números, uno de sus libros para niños que se puede consultar completamente en Internet. ¿Quién iba a imaginar su faceta de intelectual politizado? Si te interesa este ángulo –que es el predominante en el grueso de su obra-,  puedes empezar por su poema El blues de la clase media, que puedes encontrar fácilmente en inglés o alemán, y del cuál me permito traducir un par de párrafos:

 

No podemos quejarnos.

No nos hemos quedado sin trabajo.

No andamos hambrientos.

 

El pasto crece,

el producto social,

la uña,

el pasado.

 

El primer libro que le pude leer lleva por título El corto verano de la anarquía, acotado por el indicador de género Vida y muerte de Durruti.  El documento está compuesto por un prólogo donde Enzensberger reconstruye los funerales del Buenaventura Durruti, el más notable de los anarquistas españoles, seguido de una generosa variedad de testimonios a cargo de personas que lo conocieron, tales como camaradas anarquistas, colegas de trabajo, su compañera sentimental, su familia, su abogado. Los testimonios están organizados en siete grandes cortes cronológicos, al inicio de cada cuál está presente un comentario del autor, donde se provee información contextual que nos permite encuadrar la historia de Durruti en un marco histórico más general, que se remonta desde los orígenes del anarquismo español en 1868 con la llegada a Madrid de Guiseppe Fanelli, hasta la caída de la  Segunda República española en marzo de 1939.  

 El corto verano de la anarquía, es, además, uno de los libros más conmovedores y a la vez rigurosos que se han inspirado en este proscrito de las memorias oficiales. Puede consultarse como un documento histórico, sí, pero sobre todo puede degustarse como un experimento en la narrativa histórica –más experimental aún hace cuarenta años que salió a la luz-, donde se asume que la historia no es patrimonio de un autor, ni de un gremio, sino fruto de la memoria y las voces colectivas. Puede incluso leerse como una novela de aventuras. En efecto, el primero de los  comentarios, intitulado La historia como ficción colectiva,  arranca con una cita de Ilya Ehrenburg, que fue el primer escritor alemán interesado en la vida de Durruti. Dice así:

 

“Ningún escritor  se habría arriesgado a escribir la historia de su vida; se parecía demasiado a una novela de aventuras”.

 

Quien tome por desmedida esta opinión deberá sopesar las siguientes palabras de Ehrenburg:

 

“Este obrero metalúrgico había luchado por la revolución desde muy joven, Había participado en luchas de barricadas, asaltado bancos, arrojado bombas y secuestrado jueces. Había sido condenado a muerte tres veces: en España, en Chile y en Argentina. Había pasado por innumerables cárceles y había sido expulsado de ocho países”.

 

A partir de estas declaraciones, Hans Magnus Enzensberger identifica “el antiguo temor del escritor a ser tomado por mentiroso”. Pero él no comparte este temor, y desde el principio tiene la honradez de advertirnos que, después de una generación, mucho del personaje de Durruti puede haber desaparecido, y que lo que el fue “en realidad” seguramente se habrá mezclado con su aura, con su leyenda, y que a partir del escrutinio de los testimonios que se nos presentan, deberemos como lectores armar nuestra propia versión de Buenaventura Durruti, por más anarquista que estos procedimientos de lectura y escritura puedan parecerle a los investigadores convencionales que se obstinan en dejarnos claro que “las cosas sucedieron así, y lo digo tajantemente porque me acabé la mitad de las dioptrías en el archivo, transcribí muchas horas de entrevista y rasuré todos los cabos sueltos, y me tomé toda esa molestia por el privilegio de presentar los hechos como son, no como tal vez fueron o pudieron haber sido. Lo mío no es solamente una versión más, ¿está entendido?”. Y, quién diría, por fortuna ya casi nada se entiende así. La forma y el contenido tendrán que ir de la mano, y no se podrá ya historiar el anarquismo desde un pedestal de narrador fundacional o autoritario. Después de todo, en la crisis constante que aguijonea a la Historia, nada resulta más chocante que las certezas inquebrantables de los que se sienten muy en sintonía con el Absoluto.

 

Si deseas documentarte sobre la insólita vida de Buenaventura Durruti,  y deseas una opción a las 276 formidables páginas de El corto verano de la anarquía, puedes preguntarle a tu motor de búsqueda favorito por el ensayo de Emma Goldman Durruti está muerto, sin embargo vive, que la anarco-feminista rusa escribió con gran aplomo y convicción en 1936, apenas a un mes de haberlo visto. Échale un lente y que disfrutes mucho el viaje.

 

Fuentes de apoyo:

 

Enzensberger, H. M. (2002). El corto verano de la anarquía. Vida y muerte de Durruti. (2 ed., Vol. 1, p. 276). Barcelona: Anagrama.

Jul
25

 

Daniel Carpinteyro

 

Adusta emperatriz es la dehesa que germina a salvo de la mancha humana. Legión de raíces que se enlazan a insólitas profundidades, bebiendo de los mantos desconocedores de la luz del sol, hurgando el humus como lentos dedos dilatados por la sed y el tiempo. Organismos vegetales que se interconectan a lo largo de centenares de kilómetros. Hojarascas que ocultan fosas, súbitas marismas al acecho del explorador, nortes esquivos a la brújula azorada, divergencias laberínticas en que se bifurca el capricho de los ríos.   Sólo hay que apartarse lo suficiente de la carretera, hasta donde el rumor de las máquinas deja de insinuarse. ¿Cuántos renunciantes al contacto humano se han instalado en la entraña del bosque, para guarecer sus búsquedas de las mundanas distracciones? ¿Cuántos de ellos han retornado a los dominios de los hombres?

Cuando se dispone de un buen Atlas -si se me disculpa este anacronismo en la época del libre acceso a los mapas satelitales-, es posible consultar la lámina correspondiente a “Países alpinos”, seguir la ruta del Danubio hasta Budapest y atender a la sinuosidad que retuerce a este fragmento del río, flanqueado por desoladas marismas. Si la curiosidad geográfica nos demandara señales más precisas sobre esta región de Europa del Este, no sería mala idea remitirnos a un relato largo de Algernon Blackwood llamado “Los Sauces”, considerado por el mismo Howard Phillips Lovecraft como la mejor todas de las narraciones de horror. Este tramo del mencionado río, que en la actualidad divide Eslovaquia de Hungría, funge como el escenario de esta magistral historia, cuyas sesenta páginas no escatiman descripciones para transportarnos a aquel archipiélago  de aguas gélidas, vientos filosos y masas irregulares salpicadas de sauces, estos últimos, seres elementales dotados de una vida singular en los acontecimientos narrados. Dejemos que sea el mismo Blackwood quien nos obsequie una postal:

“En las grandes crecidas del río, toda esta enorme extensión de arena, pedruscos e islotes cubiertos de sauces es casi arrasada por las aguas; pero normalmente, los arbustos se mecen y susurran bajo el viento y ondean al sol sus hojas plateadas en la llanura siempre inquieta y de fascinante belleza. Estos sauces nunca alcanzan la dignidad de árboles; sus troncos no son rígidos, quedan en humildes arbustos de copa redondeada y suave contorno, que se cimbrean sobre sus tallos gráciles en respuesta a la más leve insinuación del viento; flexibles como espigas y siempre agitados, dan la impresión de que toda la llanura se mueve y está viva.”

En este párrafo, apenas el segundo de la narración, prefigura ya los extraños fenómenos que se irán acentuando a lo largo de las páginas.

Dos amigos emprenden una travesía por el Danubio, a bordo de una canoa canadiense, acompañados de una casa de campaña y una sartén. Van con dirección al Mar Negro y su velocidad media de crucero es de 20 kilómetros por hora. Llegan a un pequeño poblado llamado Pressburg, donde un oficial húngaro les advierte que no sigan adelante, o se encontrarán, al bajar la riada, a 40 millas de cualquier lugar habitado, en grave peligro de morir de hambre. Pero el ímpetu aventurero se sobrepone a la prudencia, y siguen adelante con su expedición. Así, llega el punto en que se ven arrojados a unas ciénagas que no parecen de este mundo.

“El cambio fue súbito, como cuando una serie de vistas de estereoscopio que representan calles de una ciudad, se convierte inopinadamente en un escenario de lagos y bosques. Entramos, alados, en el país de la desolación y, al cabo de media hora, o quizá menos, ya no había barca, ni choza de pescadores ni tejado rojo ni ningún signo de vida humana en todo lo que abarcaba la vista. La sensación de remota lejanía del mundo de los hombres, la completa soledad, la fascinación de este mundo de sauces, vientos y aguas, dejó sentir instantáneamente su hechizo sobre nosotros, de tal modo que nos tuvimos que confesar risueñamente que deberíamos haber sacado una especie de pasaporte para entrar en él, ya que habíamos penetrado audazmente y sin permiso en un aislado reino de magia, en un reino reservado únicamente a los que tuvieran derecho de acceder a él, y lleno por todas partes de advertencias contra los transgresores, evidentes a todo aquél que tuviera suficiente imaginación para descubrirlas”.

No tardan en quedar varados en un islote. El agua crece y corre a una velocidad que impide la navegación, además de que hace desaparecer los islotes vecinos, y a carcomer al  que provee de un suelo a los amigos. El remo de gobernar desaparece. Una rajadura hiere el fondo de la barca.  El temor y la susceptibilidad empiezan a jugar con la mente de los forasteros, quienes perciben cada estímulo de este escenario como un prodigio impropio del mundo natural. Los elementos parecen actuar en concierto, ejecutando una función premeditada, como órganos de un mismo coloso ecosistémico,  El Danubio se convierte en un Gran Personaje que someterá a sus huéspedes, los jóvenes viajeros, ante sus más íntimas y aterradoras manifestaciones.

“Los sauces” invita a  la relectura, tanto por la meticulosidad de las descripciones ambientales -me atrevo a afirmar que abarcan dos terceras partes-, como por el acertado planteamiento psicológico del narrador. Una duda se insinúa al término de esta lectura: ¿Qué tan fidedigno -en la lógica del relato- es el testimonio de este personaje? ¿No será que las aberraciones que nos relata son fruto de una imaginación demasiado exaltada por una circunstancia límite experimentada en un espacio adverso? ¿Fueron estos personajes asediados por un conjunto de anomalías que nos invitarían a replantear algunas de las leyes “naturales” por nosotros conocidas, como dice Tzvetan Todorov que es tradición en los relatos fantásticos? Por cierto que en estos menesteres, no difieren tanto los procedimientos mentales del científico y del escritor de ficción, ya que mientras uno, con la imaginación pero no más allá de la escritura, reta abiertamente a los mecanismos de la naturaleza, el otro, mediante la observación y la experimentación, los interpreta, los replica y a veces hasta los retuerce. Sea el lector quien juzgue esta comparación mientras remonta en neumática balsa los efluvios aromáticos del Río Atoyac.

 

Los Sauces

Algernon Blackwood

Antología de cuentos de terror

Alianza Editorial, Madrid: 1982

61 páginas

 

Jul
25

 

 

 

Tú marchas sobre los muertos, Belleza, de los que te burlas

De tus joyas el Horror no es lo menos encantador,

y la Muerte entre tus más caros dijes,

sobre tu vientre orgulloso danza amorosamente.

 

                                                                    Charles Baudelaire, Himno a la Belleza

 

 

Espejito, espejito, dime sólo una cosa:

¿Quién es de todas la más hermosa?

 

Una reina a su espejo mágico en Blancanieves

 

 

Daniel Carpinteyro

 

 

El chileno Rafael Gumscio, ensayista de filosa retórica, no inaugura su trabajo Contra la belleza mediante un epígrafe de Baudelaire, ni mucho menos con una frase cliché tomada de un cuento de hadas alemán. Este gesto se apetecería como un lugar común y un conformismo por demás epidérmico. Empieza con aquel otro pasaje de Rimbaud que confiesa: “Una noche senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga”.  A partir de esta coordenada, Gumscio apunta sus cañones contra la belleza. Sus municiones son nutridas y el fuego no cede hasta derribar a su sublime objetivo a lo largo de 46 páginas de ráfagas argumentales.

 

Los ensayos más entrañables, esos en los que uno puede leer compromiso y que inspiran credibilidad, son aquellos en los que el autor está ligado por una circunstancia personal a su objeto de conocimiento. Gumscio, por ejemplo,  confiesa haber vivido la primavera de su vida privilegiado con “una pálida cara redonda” y “unos largos rizos de cabellera negra que atrajo a “toda suerte de fotógrafos y estudiantes de cine (p.10) . Así, con esta remembranza digna de un sociópata concebido por Mario Bellatin, Gumscio emprende una retahíla de reflexiones éticas sobre las ventajas y amarguras que le acarreó su condición.

 

“Era un niño bonito. Poseía algo que no había ganado, que no había luchado por tener, que era mío por azar. Sin necesidad de cometer ninguna injusticia, era siempre injusto. Dueño de una herencia, privilegiado de nacimiento, era cruel cuando jugaba solo y cruel cuando lo hacía con alguien. Tenía lo que muchos otros niños no tendrían nunca”. (p.11)

 

Gumscio se pregunta, además, por qué sus padres chilenos, quienes han sido expulsados de su país por unos militares de pelo a rape, veneran a otros militares de largos cabellos como Ernesto Guevara.  ¿Por qué unos eran buenos y otros eran malos? “¿La bondad y maldad era un asunto capilar?” (p.11), se pregunta nuestra autor. ¿Cómo fue que un sujeto macilento y desaliñado como Ernesto Guevara aceptó convertirse, mediante una foto de Jim Fitzpatrick, en un ideal estético generacional?

 

Los íconos de belleza que más atraen la atención de Gumscio, sin embargo, son los de la industria del entretenimiento, en especial los que llevaron vidas desdichadas, como Dana Plato, James Dean, Jim Morrison, Leni Riefenstahl y Jean Serberg.

 

“La belleza es una creación colectiva: es decir, es política (p.8)”. Esta es la piedra angular del ensayo de Rafael Gumscio.  Así, poco hay de “natural”  en ella, ya que es precedida por una elaboración en la que concurren unas convenciones específicas que han de proponerse o más bien imponerse a través del aparato mediático. Hay unos estereotipos que se juzga convenientes para ser asimilados por el gran público. Estos han de vendérseles como “símbolos” que conectan con sus propias aspiraciones, mismas que pueden sintetizarse en valores tales como la libertad, el recato, el desborde, la contención, el pudor, la lubricidad, lo angelical, el diabolismo. El signo encarnado –el bello, la bella en cuestión- no es sino un medio que responde a la modulación aleatoria que se hace de estos valores desde los cuartos de control de la ingeniería social.

Pero, ¿qué hay entonces de la belleza interior?, se pregunta Gumscio. Esta noción, a fin de cuentas, ha sido señalada como subversiva por diversos Estados, ya que implica insubordinación ante “uno de sus emblemas más visibles” (p.32). Una de las razones a las que atribuye el autor la condena oficial a Sócrates es precisamente el racimo de teorías sobre la belleza espiritual que le ayudan a enamorar al joven Alcibíades. ¿Qué pasa, por ejemplo, cuando un caudillo, que escapa a las convenciones estéticas de su lugar y tiempo, se afianza como eje de un nuevo paradigma, de una nueva cosmovisión? Pasa que su representación termina plegándose a las convenciones de belleza que garanticen el encantamiento de nuevos prosélitos. Photoshop cultural, metamorfismo oportunista. El rostro del último Mesías solar ajustado estrictos parámetros de simetría se consolida como el ideal de belleza durante el Renacimiento. ¿Qué acontece con la obesidad en la época en que una tanto una aristocracia como una burguesía europea en plena bonanza evidencian sus posibilidades de ocio y consumo en la abundancia generalizada de sus proporciones? Acontece que las Venus de los maestros de la pintura flamenca y española empiezan a subir de talla. Recordemos que hubo una época en que aparecer en una pintura de ilustre firma era como hoy aparecer en un video musical de amplia difusión. Recordemos que hubo retratos a los que se les pasó el realismo y desembocaron en demandas civiles que se convirtieron en verdaderos escándalos de época. Al parecer, ciertos patrones seguían considerando la obra de arte como una forma ritual de consagrar lo que ellos creían bello, especialmente lo que creían bello en ellos mismos, y por lo mismo les resultaba indigesta la verdad, fundamento verdadero del arte. Lo que aquí enfrentamos es una discordancia en la interpretación del ritual artístico, así como del valor de uso de la obra artística y de la belleza misma. Walter Benjamin anotaba en sus Iluminaciones que “el valor único de la obra de arte ‘auténtica’ tiene su base en el ritual, el lugar de su valor de uso original. Esta base ritual, aunque remota, es aún reconocible como ritual secularizado incluso en las más profanas formas del culto a la belleza”.

 

Vale la pena leer “Contra la belleza”, de Rafael Gumscio, particularmente en una época en que la industria médica y farmacéutica lucran de forma despiadada con parámetros inalcanzables de belleza, fomentados consistentemente por unos medios masivos al servicio del mejor postor. No hay insulto más insoportable a las bellezas impuestas que darles la espalda y exhumar el goce estético de fuentes poco convencionales.  

 

Fuentes de apoyo:

 

Rafael, Gumscio. Contra la belleza. 1. 1. México: Tumbona Ediciones, 2010. 53p.

 

 

 

 

 

 

 

 

Jul
25

Daniel Carpinteyro

Inmensa es la variedad de circunstancias en que puede verse envuelto un libro. Se le compra, se le lee, se le regala. Uno puede conducirse como un falsario,  que acomoda sin haber leído los siete tomos de “En búsqueda del tiempo perdido” como un juego de ornato en la sección más visible del librero.  Hay quien opina que el libro es un genio de naturaleza peregrina y prefiere la libertad, transitando de mano en mano, de retina en retina, creando sociedades insospechadas de cerebros. Nos revelará secretos soterrados con la sola condición de que los rescatemos de la basura. Abundan tirados en los pasillos de las secundarias y las preparatorias, especialmente al inicio del verano, cuando la veda utilitaria se levanta y se acomete su desmembramiento con indecible saña. Pero siempre se le puede reparar e intercambiar. Hoy en día están muy en boga las reuniones para intercambio de libros. O para su empastado. O para su discusión. También para su juicio sumario. Ya entrados en cuenta, las quemas no han pasado  totalmente de moda.

 

Como objeto, el libro tendía a inspirar, hace no tanto tiempo, cierta consideración distintiva.  Después de todo, como decía Borges, “El libro es una extensión de la memoria y la imaginación”.  En ese sentido, constituye un instrumento de potencial libertario, siempre y cuándo su acceso no se encuentre restringido, y se mantenga como algo voluntario. Así, conforme la tecnología de un libro ha ido transformándose, la historia ha cambiado de página, tal  como queda patente en las revoluciones ideológicas que tomaron lugar en los siglos posteriores a la invención de los tipos móviles de Gutenberg, que ensancharon el acceso a estos instrumentos de conocimiento.

 

En años más recientes nos ha tocado vivir el inicio del imperio del libro digital.  De pronto nos amanecimos con que nos podíamos descargar desde la red cualquier cantidad de libros clásicos –y no tan clásicos-, muchas veces desde bibliotecas virtuales de libre acceso –de las cuáles es Project Gutenberg se erige como la más imponente. Como sucedió con tantos otros prodigios de la Revolución Digital, un nuevo sueño de acceso cultural ilimitado se abría ante nuestros ojos. Todos podíamos autopublicarnos y ser editores.  Las revistas y periódicos de caché descontinuaron sus ediciones impresas. Luego lo empezaron a hacer los diccionarios –de esos súper prestigiosos, que sirven para cerrar discusiones sobre la existencia o inexistencia “oficial” de las palabras. Los intelectuales censuraron a los nostálgicos de la textura y el aroma de la pulpa de celulosa. ¡Los árboles, los árboles!

 

 Pero, como sucedió con tantos otros prodigios similares, unos días después comenzamos a salir del sueño. Los hacedores de candados habían empezado su labor.  Los PDFs de doscientos dólares habían llegado.  Y supimos que entre más se depuraran los candados, y entre más se torcieran las legislaciones a gusto de los cabilderos de la industria cultural,  los PDFs seguirían encareciéndose. Y comenzamos a preguntarnos qué es lo que habría por venir, cuál sería el peor de los escenarios posibles desencadenados por los ingenieros de la restricción.  Entonces nos topamos con un santo. Se trataba de San IGNUcio, también conocido como Richard Stallman. Era uno de los padres fundadores del software libre, y traía un trozo del futuro bajo el brazo.   Lo había intitulado “El derecho a leer”. Es cierto que parecía el retrato de un Nuevo Apocalipsis, las noticias de un nuevo y devastador advenimiento oscurantista. La precognición latente en esta historia era amenazadora como un tribunal de frailes dominicos,  pero no podíamos concedernos el lujo de eludirla. Ambientada en alrededor de la década del 2050, relataba la historia de Dan Halbert, estudiante universitario enamorado de Lissa Lenz. Dan enfrentaba un dilema: si prestarle o no su computadora a Lissa, ya que la de ella se había averiado. El préstamo de la computadora acarrearía consigo una infracción de la ley, arriesgándose a la prisión y a la expulsión, con el riesgo de ser delatado por algún estudiante que necesitara una bonificación de puntos para la universidad. Por esa lejana época, cada archivo de lectura contiene un “informante” que avisa a la Software Protection Authority (que opera como un Politburó de pleno derecho) quién lo lee, a qué hora, y desde dónde. Pagar por un archivo compra el derecho a leerlo un número limitado de veces. Ya no basta con pagar por un producto, sino hay que pagar por cada vez que se usa.  Los estudiantes siguen liquidando sus “créditos de lectura” muchos años después de haber concluido sus estudios. Sólo un diez por ciento de las regalías van a dar a los autores.  Esta y muchas otras imposiciones tiránicas preparan la pólvora para el levantamiento de Tycho en 2096, en el que Dan será un participante.

 

“El derecho a la lectura” es cuento breve y no fue escrito con lo que podría llamarse “intención literaria”. Puede verse como una forma clara y didáctica de referir, mediante una historia sencilla,  un estado de cosas, y enterarnos de un proyecto despótico en marcha que atenta contra los derechos culturales de la humanidad. Muy inquietantes se apetecen las Notas del Autor, actualizadas varias veces después de la publicación del cuento, que dan fe de cómo legislaciones y prácticas muy recientes,  han cumplido los vaticinios que Stallman pudo prever hace ya diecisiete años.

 

Fuentes de apoyo:

 

Stallman, R. El derecho a leer (1996)

Recuperado el 22 de abril del 2013 en:

http://www.gnu.org/philosophy/right-to-read.es.html

Jul
25

Daniel Carpinteyro

Éranse una vez tres pedazos de océano. Llamémoslos Adriático,  Jónico y Tirreno.  Entre los tres emergió hace tiempo una larga Bota. Hace muchos  años, esta Bota calzó a un imperio que caminó sobre muchos pueblos y naciones, imponiendo el rastro de su lengua. Del imperio sólo quedaron ruinas, aunque engendró capillas. Esas capillas –organizadas desde la Bota- se esparcieron por el Globo entero y conspiraron con muchas coronas, atraparon rebaños de almas y nunca dudaron en sangrarlas. La bota se desgarró en pedazos, se volvió a surcir y llamó a este remiendo “Il resorgimento”. La boca y la pantorrilla de la bota se industrializaron y se impusieron sobre la taloneta, el contrafuerte y la suela, que perduraron en su tradición rural y pesquera.  Al oeste del Tirreno flota una isla. Ahí nació un hombre muy pobre, llamado Antonio Gramsci, a quien nunca cayeron bien los engreídos habitantes de las partes más lustradas de la Bota.  Sin embargo, la Bota tenía las mejores escuelas, así que se fue a una ciudad en el extremo noroeste a estudiar. Ahí malcomió, enfermó y aprendió a leer más que autores alemanes; digamos que aprendió a leer al Norte y las nociones que fundaban la lógica de su arrogancia. Así, encontró que el Norte había leído a Darwin y  había decidido que los campesinos del sur (un sur que llamaremos mezzogiorno) se encontraban algo atrasados en la ruta de la evolución humana, tal vez no demasiado lejos de los primati. ¿De qué otra forma explicar su terquedad, su amor por la tierra, su misticismo?  Por aquí y por allá aparecían expresiones malintencionadas como “prehistoria contemporánea” y “piaras indiferenciadas preindividualistas”. Gramsci denunció la injusticia de estas inferencias desde su periódico “La città futura”, y dejó claro que tanto el campo como la ciudad tenían sus explotados y sus indigentes. El día que los explotados en los talleres de la FIAT,  los explotados entre los arados y los explotados en las barcas se entendieran como iguales y unieran sus fuerzas, ese  sería el día que los palazzos  verían comprometidos sus privilegios. Nunca dejó de trabajar por este ideal, y por él incitó  sindicatos, escribió muchos artículos y al final cayó preso por sus ideas, en los años en que un megalómano con cara de huevo (que de joven se había ostentado como periodista y socialista, pero que una mañana había visto en el espejo, alrededor de su coronilla, el Aura de la Vanguardia) se había hecho del Poder para cuidar de su idea de Nación y de sus pudientes. 

Quince años antes de la muerte de Antonio Gramsci, nació en la parte superior trasera de la Bota un bebé a quien la familia Pasolini llamó Pier Paolo. Singular era su capacidad de asombro ante los paisajes naturales, y escogió la poesía como el medio para convidar sus percepciones. Como todos los grandes artistas, no leyó de niño bazofias cursis ni simplonas escritas por mercenarios oportunistas, ni tuvo padres ignorantes que se las procuraran, y en cambio no le tuvo miedo a Rimbaud ni a Shakespeare. Fue un poeta precoz, coleccionista de palabras olvidadas, viajero osado, cineasta y víctima de un asesinato aún no aclarado del todo, que ha inspirado una de las más tétricas canciones del dueto Coil. En su rostro se afirmaban dos pequeños ojos bondadosos y tristes como los del murciélago sardo y quienes trabaron conocimiento con él no volvieron a sentirse demasiado grandes. La órbita de su influencia se propagó sobre todo a través del celuloide, aún contra los ingentes esfuerzos de la Fraternidad Internacional de Censores con Cerumen en el Cráneo.

Pier Paolo Pasolini estudió seriamente el trabajo de Antonio Gramsci, muy especialmente sus “Cuadernos de la cárcel”, que aparecieron entre 1948 y 1951, y aunque los estudió completos –esto se sabe poco, pues su correspondencia es difícil de conseguir- concentró su atención en las Notas sobre el Risorgimiento italiano, en el cuaderno 9, y sus Apuntes y notas para un grupo de ensayos sobre la historia de los intelectuales.  Pasolini vivió una época extraña, casi olvidada ya, en que a muchos creadores artísticos acostumbraban estudiar para hacerse de argumentos y, sobre todo, de una conciencia política.

Su primer poemario, “Las cenizas de Gramsci”, se puede conseguir el día de hoy en una edición bilingüe. A mi entender, se deja leer mejor en los cementerios y en dehesas donde los árboles no hayan enfermado demasiado. Eso sí, con un buen Atlas al lado para ir siguiendo la ruta en que la voz lírica nos transporta. Pasolini canta al campo y también a la ciudad que lo vio crecer. Lo rústico es para él sinónimo de vida. Se detiene en muchos monumentos, que lo hacen meditar sobre la historia de su país. Lo arroban las costumbres de los campesinos, la belleza de los jóvenes pastores:

 

“Románicos muchachos bajo los párpados

Cerrados cantan en el corazón de la especie

De los pobres que se quedaron bárbaros

 

En tiempos originarios, excluidos

De las alianzas secretas de la luz cristiana,

De la necesaria sucesión de los siglos”.

 

Pasolini canta al pueblo, a quien considera ignorado por la voz de la libertad, pero aún así el único siempre moderno, el único que bajo los peores yugos, sigue cantando. Muy probablemente en mayo (hay que recordar que Pasolini muere a finales de abril muchos años antes), Pasolini entra al Cementerio Acatólico de Roma, avanza por un “estrecho sendero”  y se detiene, “entre los cipreses cansadamente espesos”,  ante la tumba de Antonio Gramsci, en donde se lee, sencillamente :

CINERA

                                               ANTONII GRAMSCII

Pasolini, aquí, entra en trance contemplativo. Ausculta el aire, los aromas, los sonidos, como para verificar el ambiente en que descansan las cenizas de su héroe. Entabla un monólogo en el que medita sobre el significado de la muerte en el ámbito de la lucha de clases, confiesa sus propias debilidades burguesas, la esperanza y también la desconfianza con que se acerca a Gramsci. Le cuenta, además, de los apetitos sensuales que abriga por los muchachos campesinos, de su gusto por las playas pestilentes, y lo reta:

“¿Me pedirás tú, muerto sin adornos

Que yo abandone esta desesperada

Pasión de estar en el mundo?”

Entonces, Pasolini se despide de Gramsci, y cierra su poema con esta implacable reflexión:

 

“Es un rumor la vida y éstos, perdidos en ella

Serenamente la pierden

Si el corazón les llena: aquí

 

Gozan míseros el atardecer y en ellos:

Inermes, poderoso para ellos, el mito

Renace… Pero yo, con el corazón consciente

 

De quien sólo en la historia tiene vida,

¿Podré esforzarme alguna vez más con pura

 Pasión si sé que nuestra historia se ha acabado?

 

 

Fuentes de apoyo:

Pasolini, Pier Paolo, Las cenizas de Gramsci.  Colección Visor de Poesía, Madrid : 2009

Jul
25

 

 

Daniel Carpinteyro

 

Bienvenido al hotel Hilton de Costarricania. Tu nombre es Ijon Tichy, explorador espacial.  A pesar de que has declarado no entender nada de futurología, asistes como  invitado honorífico al Octavo Congreso Internacional Futurológico. Los temas a discutir durante la primera jornada incluyen la Catástrofe Urbanística, la Catástrofe Ecológica, la Catástrofe Energética, y la Crisis Alimenticia. Relegadas a la segunda jornada han quedado las Catástrofes Tecnológica, Militar y Política.  La sede del congreso se eleva a una formidable altura sus 106 pisos. El hotel puede compararse con “una especie de atolón, un organismo tan enorme y tan confortablemente aislado del resto del mundo, que las noticias llegan a él como si provinieran de otro hemisferio (p.7)”. Tu apartamento temporal se encuentra ubicado en el centésimo piso, donde cuentas con tu propio auditorio donde se celebran conciertos privados con sinfonías de Bach. A pesar de escasear los viajeros independientes, el hotel está rebosante. Además del congreso al que asistes, se celebra la Conferencia de la Agrupación de Jóvenes Contestatarios “Tigres”, el Congreso de los Editores de la Literatura Liberada y el Congreso de la Asociación Timadora. Aunque te comportas con discreción,  no tardarán en acercársete algunos excéntricos, como un católico radical en tránsito hacia Roma que siempre anda armado con un rifle de dos cañones con el que se propone asesinar al Papa, con el objetivo de estremecer la conciencia de la humanidad.  Una buena cantidad de diplomáticos estadounidenses también rondan el hotel, rodeados de nutridas guardias, siempre al pendiente de los extremistas, pero sin por ello dejar de traficar algunas armas. Ten cuidado: no tardará mucho en cortarse el suministro de energía eléctrica del Hilton. Pronto las luces y los elevadores dejarán de funcionar. Las ráfagas de metralla impactarán más cerca de lo que imaginas, dentro del hotel. Pero tú no te inmutarás. Te verás bajo lo efectos de psicotrópicos vertidos en el agua que te conmoverán hasta las lágrimas y enturbiarán tu juicio. Cuando te des cuenta, los químicos benignativos (que inducen al bien) te harán bendecir a tu mesa de noche, a tu lámpara y a tus propias piernas. Tendrás que golpearte repetidamente con objetos punzocortantes para contrarrestar el influjo de los benignativos e intentar aferrarte a la cordura. Luego bajarás y escucharás las ponencias. Se esperan 198 informes de 64 países.  Ya que los debates principales han de tomar lugar después entre las computadoras portátiles, todas  las exposiciones se limitan a la enunciación de números.

“El delegado estadounidense Stanley Hazelton sorprendió a la asistencia de buenas a primeras al repetir con mucha fuerza: 4, 6, 11, de lo cuál resulta  22; 5, 9, ergo 22; 3, 7, 2, 11, lo que nos da nuevamente ¡22!” (p.12)

El congreso no durará mucho. A pesar de todas las falanges defensoras dispuestas alrededor del hotel, una oleada de protestas violentas se abrirá paso hasta el Hilton, que en pocas horas quedará reducido a escombros, por lo que tendrás que buscar alojamiento, junto con otros supervivientes, en las alcantarillas. Y esto será solamente el principio. Te esperan el delirio, el aturdimiento,  muchos años de criogenia y el despertar a una nueva sociedad cuyas interacciones y procesos se encontrarán  meticulosamente ligados a la ingesta de fármacos con nombres ridículos.

                                                   *         *          *

En la  más reciente edición del festival de Cannes se presentó la película “The Congress”, dirigida por Ari Folman.  El filme, que suscitó un enorme entusiasmo entre el público,  se inspira  parcialmente en la novela corta “El congreso de futurología”, publicada en 1971 por el escritor polaco Stanislaw Lem. Las palabras de Folman fueron elocuentes: “Lem anunció la creación de la realidad virtual, el acceso universal a los alucinógenos y drogas psicotrópicas. Se preguntó en dónde descansarían los límites de la identidad humana en un mundo tal. ¿Dónde termina la realidad y dónde comienza un mundo de delirio e imaginación? Estas preguntas siempre me han fascinado. Me doy cuenta de que las circunstancias en que la literatura de Lem surgió eran una sátira, en un sentido, que se refería a la realidad de un estado totalitario. Sospecho que el escritor no podría haber consignado todo lo que quería.”.

 

Pero, ¿cuáles fueron las condiciones en que escribió Lem? ¿De qué tanta libertad se gozaba en esta Polonia de la postguerra, con 20% menos de territorio, traicionada por los Aliados que, ante las insistencias de Stalin, lo dejaron imponer una coalición comunista? ¿Qué tan respetuoso fue este régimen con la libertad de expresión? ¿No le bloquearon durante 8 años a Lem la publicación de su primera novela, Hospital de Transfiguración? ¿No le obligaron a salpicar sus obras con referencias a la “futura gloriosa sociedad comunista”? Tal vez fue por esto que cifró tanto sus últimas novelas. Dicen que los censores totalitarios tienen mal olfato para las ironías.

El congreso de futurología es uno de los trabajos más extravagantes de ciencia ficción concebidos durante la década de los setenta. Visionario en la precognición técnica y social, atravesado por un distintivo sarcasmo, curado de esperanza en la aplicación progresista de la ciencia, revela la mirada desencantada de un científico que nunca cerró los ojos ante las contradicciones y quien no tuvo reparos en ridiculizar y esbozar la caricatura de una élite científica corporativista separada de las necesidades apremiantes de una masa social sojuzgada por el burocratismo y la tecnocracia.

Fuentes de apoyo: 

 

Lem, Stanislaw. El congreso de futurología. 1. 1. Barcelona: Bruguera, 1983. 68. Web. <http://www.upv.es/laboluz/leer/books/Lem_congreso_futurologia.pdf&gt;.

 

Jul
25

Carta abierta al profesor Wilhelm Gottfried Leibniz,

 con motivo de la novela Cándido, de Voltaire, y de otros asuntos no menos estridentes para Su Excelencia, a quien me atrevo a tutear pese a mi escasez de credenciales.

Daniel Carpinteyro

 

No escogiste un mal momento para llegar al mundo. La Guerra de los Treinta años llega a su fin. Con herramientas inéditas se  exploran los fenómenos naturales y una nueva geografía detiene su compás entre  las operaciones mentales que aprehenden dichos fenómenos. Has nacido en una Alemania próspera, eres vástago de un profesor de filosofía moral, que posee una amplia biblioteca donde podrás fundamentar el edificio de tu entendimiento. Con precocidad has adquirido habilidades para la composición poética, las matemáticas y la retórica. Te espera, al igual que a tu padre, un estipendio anual de varios miles de Vereistahlers fruto de una carrera en la diplomacia y la administración.  Eres libre de los grilletes cotidianos que entumen a la gran mayoría de los mortales. ¿Te parece suficiente? ¿Quién te culparía por concluir que “todos vivimos en el mejor de los mundos posibles?”. No te ha tocado derramar sangre en batalla, ni has pernoctado en un calabozo, ni has mendigado por las calles de Leipzig.  ¿Culparías por disentir de tu optimismo a quien un siglo después nacerá en un reino -la Francia del siglo XVIII- estremecido por turbulencias sangrientas, donde el descontento hacia una monarquía arrogante -la de los Luises- ha empezado a alimentar el fuego que terminará por consumirla? ¿Culparías a ese hombre por escribir una novela satírica que reduce al absurdo ese bonito mundo que planteas, más parecido a una joya de la corona que a las llagas de los labriegos?  Tampoco es que te culparíamos por culparlo, Leibniz,  pero aunque su rigor científico no se mide contra el tuyo, él es un visionario de la Historia, célebre por sus disensiones con los de la sangre azul, y también por el filo de sus chascarrillos,  y por la aventura que a lo largo de Europa zarandea su vida. Su nombre es Francois-Marie Arouet y firma como “Voltaire”. Y en este mundo, que en tus palabras no es sino el mejor de todos los mundos posibles, él estudió tu filosofía en su juventud , y  se le tuvo por mente enciclopédica, aunque poco dada a la reverencia, por lo que se le arrojó de ciudades muy principales, y fue mandado a encarcelar, y algunas realezas fueron a ratos gentiles con él y le procuraron oros, y cuando algo no les pareció le dieron con el cobre en las narices. Nunca cultivó la disciplina del asentimiento ovejuno, ni el desflemado servil de sus dichos. Alguna idea te harás de cómo lo consideraron los censores y sus excelentísimos patrones. Ya que Voltaire hubo conocido mundo y a quienes lo habitan, se empezó a pensar dos veces tus enseñanzas y terminó por escribir Cándido, una larga fábula donde tu máxima optimista era el punto de partida, o con mayor acierto hay que decir: “el blanco”. No te lo creerás, Leibniz, pero tu tesis hace agua por todos lados. No tanto la del cálculo infinitesimal, como la de la “elección divina de lo mejor”. Uno la cree cuando es un niño que come tres veces al día y sus nalgas aún no han sufrido el cuero ni la hebilla.  Aún así, tu tesis de la susodicha inteligencia superior que programó las mónadas universales seguirá enseñándose en las aulas de unos países muy industrializados bien entrado el siglo XXI -“diseño inteligente”, le llamarán”-, y algunos escépticos osados harán escarnio de ellos como Voltaire lo hizo de tu tierna idea en Cándido. Deberías echarle un vistazo. Es una fábula que se desborda, donde se exagera con deliberación y no se rehúye lo abyecto. La gente es violada, acuchillada y vuelta a aparecer en escena con toda lozanía. Mejor de los mundos posibles, ¿recuerdas? No nos detengamos en melindres de la verosimilitud.  De esto trata la novela:

Un muchacho honesto y de mente sencilla es Cándido, nacido en uno de los castillos más nobles de la Westfalia. Tendrá un mentor muy cultivado -el profesor Pangloss- quien lo educará en los principios de la metafísico-teologo-cosmología. Esta rimbombante ciencia enseña que no existe causa sin efecto, y que habitamos, sí, el mejor de los mundos posibles. Dime, Leibniz, si te suena familiar la palabrería del profesor Pangloss:

“Demostrado está que las cosas no pueden ser de otra manera; puesto que todo está hecho en atención a un fin, todo es necesariamente para el mejor fin posible. Observa que las narices se han hecho para llevar anteojos, y por lo tanto usamos anteojos; las piernas fueron instituidas para los pantalones, y por tanto llevamos pantalones; las piedras fueron hechas para ser explotadas en las canteras y construir castillos; y mi Señor tiene un muy noble castillo; el más grande Barón en la provincia tiene derecho a la mejor casa (…); consecuentemente, aquellos que han dicho que todo es para bien, han errado; deberían haber dicho: “Todo es para lo mejor”.

Bajo estos preceptos se forma Cándido, y sigue creyéndolos aún cuando es expulsado a patadas del Castillo, separado de su amada Cunegunda, azotado por los búlgaros, y linchado en auto de fe por los portugueses, y apresado y perseguido y saqueado. Incluso su maestro Pangloss se mantiene firme aún cuando deambula andrajoso y deformado por la sífilis. ¿No ves en estos personajes, empapados de tu doctrina, unos acólitos a prueba de cañonazos?

Querido Leibniz: te saluda un viejo maestro y librero, que habita una colonia imperial devastada por la guerra civil. Vivo en un islote más o menos calmo, que se complace en autoproclamarse “el mejor de los islotes posibles”, y muchos de los lugareños siguen durmiendo el sueño de los justos. No cesan de repetirse que son los consentidos de la Fortuna, tal como antes lo hicieron otros islotes antes verse reducidos a cenizas, o como tu insigne Leipzig será devastado casi dos siglos después de tu último aliento. El mejor de los mundos posibles que aquí se concibe, es aquel donde las mónadas danzan en torno a los sacramentos de la “competitividad”, el “liderazgo”, “el libre comercio” y la “seguridad nacional”. En los bancos imperiales se acuñan estas monedas y se les hace circular por los centros de instrucción de las colonias. Hay mentores que trabajan para la Corona y otros que se entregan a los desheredados. Desde el trono se arregla que las cosas sigan como están, y que si empeoran para los muchos, no se perturbe por tan nimio asunto la tranquilidad de los pocos. Me parece que serías bien acogido por nuestros terratenientes ilustrados, sin lugar a dudas mejor que Voltaire, que con seguridad terminaría acribillado, o extraditado a las mazmorras de la Nueva Inquisición Global.